Cuatro pequeñas tarjetas de presentación

Cuatro pequeñas tarjetas de presentación

MVC-211F

1.
Estoy pensando en la Torre de Babel. Específicamente en aquella nostalgia que hoy leo en mi generación joven: “antes, los seres humanos hablaban la misma lengua y se entendían unos a otros”. Lo pienso después de leer el capítulo dedicado a ella en el libro “Athanasius Kircher. Itinerario del éxtasis, o las imágenes del saber universal” de Ignacio Gómez de Liaño. Conozco muy poco del asunto y menos las palabras exactas del Génesis donde describen a Babel. Pero, palabras más o palabras menos, el Génesis dice que antes la tierra era una sola y la lengua también y entonces todos se entendían. Y caminaron hacia el oriente y decidieron construir una ciudad y una torre. Los hombres querían que la torre tocara el cielo y hacerse famosos por ella para que todas sus empresas se cumplieran y fueran conocidos por todos. Pero entonces Yavé bajó a ver qué andaban haciendo los hombres y decidió confundir esa lengua, de modo que nadie entendiera al otro y no solo eso: dispersó a los hombres por todo el territorio y cesaron de edificar la ciudad.
Hoy, cuando veo que existen conflictos, hay un deseo generalizado de que todos hablen el mismo idioma para entenderse. Se piensa en cómo podría ser que los hombres estuvieran unificados por una lengua. Pero yo, al contrario, pienso que esta historia (Babel) es la mejor metáfora que he escuchado sobre la diversidad. Porque la lección no está en alcanzar una sola lengua que nos unifique, sino todo lo contrario: entender que el mundo es tan diverso como idiomas y cosmovisiones hay en él. Y una tarea de paz y solidaridad es buscar el respeto por la lengua de los otros y crear formas distintas de entendernos.

2.
Tengo prohibido que en nuestro dormitorio haya una TV. La razón es que, para mí, el audio de la TV sale con una forma de compresión que me molesta los oídos. Mi esposo se ríe de mí: “Ay sí, las vibracioooones de la teleeee” me dice, y así. Pero hoy descubrí que ese sonido tan característico es de la calidad de transmisión de los canales de TV abierta. Desde que salí de casa de mis padres y mis abuelos es rara la ocasión que veo los canales “estelares” de TV Azteca y Televisa y no es por esnobismo, sino que me gustan mucho otros programas de TV donde las personas construyen cosas que les ayudan a mejorar su calidad de vida, desde comida hasta casas, desde artesanía hasta programas para niños… Paneles de expertos o especialistas y cuando se logran cosas espectaculares, como filmar osos polares o el fondo del mar; propuestas que no producen ni transmiten los ya mencionados canales. Y ni estando sola ni viviendo con mi pareja he tenido TV en mi dormitorio. Ayer, gracias al zapping, dimos con unos programas de Televisa que me transportaron a la época en la que iba con mi mamá a casa de mi abuelita a compañarla y ver la TV. Y ese recuerdo me hizo concluir que la compresión el audio para la transmisión de TV en señal abierta mexicana no ha cambiado. Sé que esto es una frivolidad y parte de aquellos asuntos tontos que los clasemedieros solemos calificar como “problemas” (y sé que no es un problema -pues-, sólo y salvo si quieren que la TV esté en mi cuarto). Me disculpo por eso, pero se los comparto para que me conozcan mejor.

3.

Cuando lo supieron, mis amigos y mi esposo no me creyeron. Yo les decía que soy la “no hay”. ¿Recuerdan ese personaje de la tv? No precisamente soy ese, sino más bien, parece que me lo encuentro en todos lados. La manifestación del fenómeno más común es en cualquier puesto de tacos o restaurant de renombre (cuando voy con amigos ahí reciben varias pruebas contundentes). Es rara la ocasión que tienen en el menú o en las bebidas aquello que pido. Y no crean que pido cosas exóticas o fuera de la carta. “Precisamente ese platillo hoy no lo tenemos” ó, “se nos terminó hace rato”, “sí tengo cerveza, pero esa que usted quiere, no”, “uhh ese lugar ya cerró” etc. Ya estoy acostumbrada. Mi amiga Elizabeth siempre se ríe cuando pasa. Hasta me deja pedir primero para observar el espectáculo cotidiano, infalible. Mi esposo tampoco me creía. Con los años se ha ido acostumbrando a esa peculiaridad cósmica que me ocurre. Que no hay gasolina en la estación en la que paramos. Que no hay zapatos de mi número. Que no hay el libro que estoy buscando. Que ya no hay la marca de detergente en el súper. Que el actor X de la obra de teatro X está en Brasil así que en la obra actuará un suplente. Mi marido terminó por darme crédito. Hasta ya le puso nombre al fenómeno: mi “nohaycidad”. Acordamos que cuando vamos a buscar algo que necesitamos él haga el pedido para asegurar que exista, y así es. Bien. Hoy por la mañana planeaba ir a casa de mis padres pero desde que amaneció, el cielo amenaza con diluviar. Mi esposo me prestó el Jeep ya que mi pequeño carrito no es coche anfibio (y deberían ver cómo llueve en Guadalajara). El cielo empeora y mi marido me dice que mejor vaya mañana con mis papás. Les llamo, hablo con mi papá que trabaja en el Meteorológico. “Habrá lluvia” le digo. Él dice, «sí, nosotros también nos resguardaremos». Me quedo en casa a escribir. Sale el sol. Mi esposo culpa a la “nohaycidad” que no haya caído la tormenta.
Pienso en las pequeñas jugarretas de la nohayicidad: tal vez mañana caiga un enorme aguacero. Y yo no traeré ni mis botas ni mi paraguas ni el jeep. O si los traigo (y me estorban) el cielo estará esplendoroso.

4.
Soñé con la casa de mi abuelita. Una casa grande con mucho esplendor. Porque mi abuelita tenía muchos dones y, aparte de la cocina, se le daba decorar como si lo hiciera para una revista. Y soñé con las fiestas que ahí se daban. Desperté y recordé un momento que guardo con mucho cariño: que yo me levantaba temprano en la mañana y traía puesta una piyama amarilla. Y corría hasta la cocina y me quedaba en el umbral y mi abuelita volteaba y me decía: «¡Ya llegó mi canarito!»

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